GANADOR CONCURSO LITERARIO 2024/25
ISMAEL CALVO
En
la televisión, las noticias muestran imágenes caóticas, hospitales desbordados,
policías luchando contra multitudes, explosiones. Un presentador informa sobre
una infección desconocida. Periodista TV. Las autoridades recomiendan no salir
de sus casas. Hay reportes de ataques violentos y... ¡Dios mío!... mira fuera
de cámara ¡corre, corre!
La
transmisión se corta y queda estática. Bruno, un chico de 36 años, trabaja como
cajero en la tienda de conveniencia del barrio. El Hoyo de las Sombras, es un
barrio sombrío, con calles sucias donde la luz apenas logra filtrarse entre los
edificios y las grandes estructuras de metal oxidado.
Bueno,
sigamos conociendo a Bruno. Bruno es de estatura media, con pelo corto, oscuro,
aunque suele llevar una gorra de publicidad de la tienda en la que trabaja. Sus
ojos son de un marrón cálido, que parecen reflejar esas inquietudes que tiene
Bruno como viajar o montar su tiendecita de embutidos que es su sueño desde que
era pequeño.
Bruno
no sabe que después de esta noticia su vida y la de todos cambiarán por
completo. La calle está sumergida en un profundo silencio, como si el tiempo se
hubiera detenido.
Bruno,
mientras miraba atónito las noticias, dijo: —No... esto no puede ser real—dijo
entrecortado y asustado.
En
medio del silencio el timbre del apartamento sonó. Bruno salta del susto. Se
queda paralizado, en silencio. El timbre vuelve a sonar insistente seguido de
un golpe a la puerta.
Al
otro lado de la puerta: —¡Departamento de salud! ¡Apertura obligatoria!
Con
manos temblorosas Bruno se dirige a la puerta y abre lentamente. En el rellano
hay un equipo de tres sanitarios con mascarilla y guantes, van vestidos con un
EPI color blanco con capucha, que la llevan puesta, uno sostiene un escáner
térmico.
Sanitario
1: —Señor, es un chequeo rutinario. Nada de qué preocuparse. Solo tenemos que
tomarle la temperatura y mirar la hidratación de las pupilas… —Bruno, todavía
en shock —¿Esto es por lo de las noticias, verdad?
Sanitario
2, nervioso y apresurado: —Colabore, solo tomará un momento.
Bruno
sale al rellano. En la calle la atmósfera es extraña, hay pocas personas, pero
las sirenas de las ambulancias suenan a lo lejos. De repente un grito agudo
rompe el silencio. Desde la esquina, un hombre corre hacia ellos, su piel es
grisácea y sus ojos están inyectados en sangre. Se abalanza sobre uno de los
sanitarios y le clava los dientes en el cuello. Un chorro de sangre salpica la
pared.
Sanitario
3, incrédulo: —¡No, no, no!
El
equipo sanitario entra en pánico. Uno saca una radio y grita órdenes mientras
retrocede. El infectado arranca un pedazo de carne y lo mastica con furia.
Más
figuras aparecen tambaleándose por la calle, personas huyen por todas partes.
Bruno,
con voz temblorosa: —¿Qué… qué está pasando?
Los
infectados empiezan a correr hacia ellos, el sanitario de la radio intenta
reaccionar, pero un segundo infectado se abalanza sobre él y empieza a
devorarlo.
Bruno
no lo piensa más, se gira sobre sus talones y empieza a correr como si no
hubiera mañana. La ciudad que estaba tranquila minutos antes se ha convertido
en un infierno segundos después.
DOS
DÍAS DESPUÉS
Bruno
va caminando por la calle, la misma por donde siempre iba a trabajar, en el
barrio El Hoyo de las Sombras. Bruno ha decidido ir a la tienda de conveniencia
donde él trabajaba ya que allí hay comida y agua y podrá sobrevivir más días,
pero cuando llegó su rostro se congeló con una expresión de desesperación, ya
que la tienda donde llevaba trabajando desde los 19 años está completamente
destruida, los cristales están rotos. El cartel luminoso con el nombre de la
tienda parpadea con dificultad, aun así, Bruno se arma de valor y decide
entrar, ya que esa es su última esperanza de sobrevivir. El lugar está oscuro.
Estantes volteados, vidrios rotos. Bruno respira con dificultad.
Un
clic metálico suena detrás de él, voz desconocida: —Muévete y te vuelo la cabeza.
Bruno
levanta las manos, con el corazón latiéndole en los oídos, se gira lentamente,
frente a él: Rafael, un hombre de aspecto rudo, con ropa sucia y una expresión
fría. Apunta con una pistola a Bruno; este tartamudeando y muy nervioso por la
situación: —No… no tengo nada.
Rafa,
con voz uniforme y grave: —No me interesa lo que tengas, me interesa saber si
estás infectado.
Bruno,
que aún le cuesta asimilar la situación:
—No
estoy infectado, lo juro.
Rafa,
viendo que no es una amenaza, sino un papanatas en medio del apocalipsis zombi,
baja el arma lentamente a la vez que su tenso rostro se relaja:
—¿Está
bien, el nombre?
Bruno,
que todavía se está preguntando cómo está vivo, se pone tan nervioso que no
entiende esa pregunta tan simple y le contesta:
—¿Qué?
Rafa,
incrédulo, porque no entiende esa pregunta, le dice sarcásticamente:
—¿Tienes
nombre o quieres que te llame señor asustado?
Bruno,
un poco más tranquilo, le dice:
—Bruno…
mi nombre es Bruno.
Le
dice, aun tartamudeando un poco.
Antes
de que puedan seguir hablando, el cristal se empieza a llenar de manos de
zombis ensangrentadas, los gruñidos de los zombis se oyen cada vez más cerca.
Rafa se pone nervioso, no sabe cómo escapar, pero sí sabe que, como se queden
un poco más, serán la cena de los zombis.
Bruno
tiene un plan:
—¡Rafa!
Yo era dependiente de esta tienda antes de todo esto, tengo las llaves de la
furgoneta de reparto, está abajo en el parking.
Antes
de que Rafa pueda decir nada, los infectados entran en la tienda echándose
encima de ellos, así que no les queda otra que seguir a su instinto, correr por
su vida hasta la furgoneta. Tras una persecución intensa consiguen llegar al parking
y montarse en la furgoneta; pero, si creían que ya habían pasado lo peor,
estaban muy equivocados, la puerta del parking estaba cerrada, necesitaban un
mandito para abrirla, mandito que no tienen.
Rafa
apresurado: — Busca en la guantera, en los cajones, tiene que haber un mandito.
—¡No, no me lo puedo creer! ¡Mira, da igual,
nos llevamos la puerta por delante y ya está! —Rafa un poco enfadado.
—¡Estás loco! Fastidiaríamos el coche, además
no movería la valla ni un pelo.
La
horda de zombis se les ha echado encima, y si no actúan rápido serán devorados
por esos caníbales hambrientos.
Rafa,
desesperado: —No sé tú, pero yo no voy a echarme a morir, saltamos la valla y
punto, es nuestra última oportunidad de sobrevivir.
Un
instante antes de que Rafa decida salir, Bruno tan contento como si le hubiera
tocado el Euromillón, le grita a Rafa: —¡Rafa, tengo el mando, corre, entra!
Una
sonrisa se refleja en el rostro de Rafa, la puerta empieza a abrirse y pueden
salir dejando atrás a la horda de zombis.
La
furgoneta de reparto avanza a toda velocidad por la autopista. A los lados,
restos de accidentes, cuerpos esparcidos y humo elevándose en la distancia.
Bruno
sigue en shock, con la mirada perdida.
Rafa
un poco más tranquilo, pero serio: —No podemos quedarnos en la carretera mucho
tiempo, llega la noche y esos caníbales se vuelven más agresivos.
Bruno,
curioso por esa información, le pregunta a Rafa:
—¿Cómo
lo sabes?
Rafa
le contesta con seriedad: —Porque llevo sobreviviendo más tiempo que tú.
De
pronto, a lo lejos, un coche volcado bloquea dos carriles. Alrededor, varios
infectados merodean.
Rafa
le dice a Bruno: —Agarra algo, esto se va a poner feo.
El
coche acelera. Uno de los infectados se gira y grita alertando a los demás.
En
segundos, la horda de zombis se lanza hacia ellos.
Rafa
maniobra bruscamente, esquivando cuerpos tambaleantes.
Pasa
por un hueco estrecho entre el coche volcado y el quitamiedos, y rozando los
lados. El coche derrapa y se estabiliza.
Bruno,
respirando rápidamente: —¡Dios! ¡Casi nos matas!
Rafa,
sin apartar la vista: —Casi nos matan ellos.
A
lo lejos, un desvío indica la entrada a una carretera secundaria.
Rafa
gira bruscamente y toma el desvío.
El
coche se detiene frente a una gasolinera pequeña y desgastada. Los anuncios de
precios están apagados, y las bombas de combustible parecen intactas.
La
tienda de conveniencia tiene las ventanas rotas, pero las puertas siguen
cerradas.
Rafa:
—Aquí pasaremos la noche — dijo mientras revisaba de arriba abajo el local.
Bruno
no está muy convencido de que esté libre de infectados, así que le pregunta a
Rafa:
—¿Cómo
sabes que no está lleno de… esas cosas?
Rafa
no está muy convencido, pero no les queda otra, así que le dice a Bruno:
—No
lo sé. Por eso vamos a averiguarlo.
Se
bajan del coche con cautela. Rafa saca un machete de su mochila.
Bruno
lo sigue, tragando saliva. Se acercan a la tienda de la gasolinera.
El
interior está desordenado, pero sorprendentemente tranquilo. Algunos estantes
volcados, un refrigerador abierto, un charco de café seco en el suelo. No hay
señales de movimiento.
Rafa
avanza con cautela.
Rafa,
susurrando: —Si hay algo aquí, saldrá cuando cerremos la puerta.
Bruno
traga saliva y asiente.
Cierra
la puerta con cuidado y la atranca con un palo de escoba roto.
Ambos
esperan en silencio, armas listas. Nada, solo el leve zumbido de una lámpara
parpadeante.
Bruno,
susurrando: —Parece despejado.
Rafa
asiente y se acerca al mostrador. Encuentra botellas de agua y algunas barras
energéticas. Tira una a Bruno.
Rafa
le dice a Bruno insistiéndole: —Come algo.
Bruno
atrapa la barra, aún tembloroso, pero la abre y le da un mordisco.
Bruno,
por romper un poco el hielo, le pregunta a Rafa.
—¿Cuánto
tiempo llevas en esto?
Rafa,
serio y alerta, le contesta:
—Suficiente
para saber que confiar en la gente es peligroso.
Bruno
no duda en preguntarle:
—¿Por
qué me dejaste entrar entonces?
Rafa
lo observa un momento, pero no responde. En su rostro hay atisbo de algo...
¿duda tal vez?
Rafa,
sin dar explicaciones de la pregunta de Bruno:
—Mañana
seguimos.
El
silencio los envuelve. Afuera, a lo lejos, los gritos de los infectados
resuenan en la noche.
ÉREBOS_MORTIS
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