martes, 20 de enero de 2026

LA ÚLTIMA MIRADA AL MÓVIL - Soraya Mínguez Escurín

 

    Hoy en día, usar el móvil antes de dormir es algo muy común, sobre todo en los jóvenes. Muchas personas se acuestan y lo último que hacen es mirar las redes sociales, hablar por “WhatsApp” o ver vídeos. Aunque parece algo que no daña tu salud, creo que no es bueno usar el móvil justo antes de dormir.

    Por una parte, el móvil mantiene la mente activa cuando en realidad debería estar relajándose. Cuando estamos viendo vídeos o leyendo mensajes, el cerebro sigue atento y le cuesta más desconectar. Esto hace que tardemos más en dormirnos y que el descanso no sea tan bueno. Además, la luz de la pantalla puede afectar al sueño ya que engaña al cerebro y hace que piense que todavía es de día. Por ejemplo, a mí muchas veces me pasa eso y me desubico.

    Otro problema es que muchas veces decimos “solo lo cojo unos cinco minutos” y acabamos usando el móvil mucho más tiempo del que teníamos pensado. Eso provoca que durmamos menos horas y al día siguiente estemos más cansados, con menos concentración en clase y de mal humor. También hay algunas personas a las que el móvil les crea dependencia, ya que sienten la necesidad de mirarlo a cada rato, incluso cuando están en la cama.

    Es verdad que algunas personas usan el móvil para relajarse: por ejemplo, yo lo uso algunas veces para ponerme música relajante o también para ponerme la alarma. El problema aparece cuando se usa durante mucho tiempo.

    En conclusión, no es bueno usar el móvil antes de dormir, sobre todo si se hace durante mucho rato. Creo que sería mejor dejarlo a un lado un poco antes de acostarse para poder descansar mejor. Dormir bien es importante y a veces no nos damos cuenta de que el móvil nos está quitando tiempo de sueño.

Soraya Mínguez Escurín   (1º Bachillerato)

Curso 2025-26


martes, 25 de noviembre de 2025

La autoexigencia excesiva - Ivana Dobra 1º Bachillerato

 


La autoexigencia excesiva


IVANA DOBRA

Hoy en día, en nuestra sociedad está muy presente la autoexigencia en las personas, tanto en los estudios, como en los deportes, el trabajo… y se llega a ver como algo normal y como algo que dignifica a las personas, es decir, deben tener esa autoexigencia para labrase un buen futuro.

En mi opinión, la autoexigencia excesiva es una manera de sabotearte inconscientemente, ya que en la sociedad se ve como algo normal. Según mi criterio, la autoexigencia puede ramificarse en dos tipos según su intensidad: podemos tener una autoexigencia regulada y proporcionada, y una autoexigencia excesiva (la cual es más dañina y de la que hablaré en este escrito). La autoexigencia excesiva afecta a la salud mental de quienes la padecen, ya que esta autoexigencia constante genera ansiedad, estrés y mucha frustración, debido a que nunca te sientes lo suficientemente bueno.

Otro punto es que no consigues valorar tus logros, ya que nada te parece bien o correcto y cada vez te exiges más y más. Tampoco consigues ver que tus errores son normales, puesto que eres persona, sino que lo ves como algo que no es habitual y que no puede volver a ocurrir. Llegas a tal punto, que te castigas a ti mismo por esos errores, impidiéndote a ti mismo/a hacer cosas que te gustan y disfrutas, ya que ese es tu castigo.

A causa de que nunca valoras tus logros, te comparas con las personas de tu alrededor. Siempre quieres intentar ser mejor que los demás, aunque eso te cree rivalidades con gente que quieres o incluso te haga muy mal psicológicamente a ti mismo/a.

Todo esto se debe a la sociedad de hoy en día y a los estándares impuestos, como el que establece que es muy bueno ser el “el mejor”, lo que hace que las personas quieran verse como las mejores para ser valoradas por la gente de su alrededor y por sus familiares. Incluso, muchas familias imponen una exigencia muy grande a sus hijos, los cuales acaban adoptando esas actitudes y las acaban viendo como algo normal, hasta que entran en un bucle del cual es muy difícil salir.

Mi consejo/opinión es que las personas que no se vean capaces de salir, acudan a profesionales para que puedan ser guiadas y consigan dejar a un lado esta autoexigencia. Pero muchas personas ven el psicólogo como alguien al que hay que acudir solo si estás loco, o incluso les da vergüenza o miedo ser juzgadas por sus  amistades. Por esta razón, muchas personas no consiguen superar ese bucle y, como consecuencia, acaban haciendo cosas peores o incluso abandonando aquello que tanto les gusta por la gran ansiedad que están viviendo.

CONCURSO LITERARIO 2024/25

GANADOR CONCURSO LITERARIO 2024/25

ISMAEL CALVO 

En la televisión, las noticias muestran imágenes caóticas, hospitales desbordados, policías luchando contra multitudes, explosiones. Un presentador informa sobre una infección desconocida. Periodista TV. Las autoridades recomiendan no salir de sus casas. Hay reportes de ataques violentos y... ¡Dios mío!... mira fuera de cámara ¡corre, corre!

La transmisión se corta y queda estática. Bruno, un chico de 36 años, trabaja como cajero en la tienda de conveniencia del barrio. El Hoyo de las Sombras, es un barrio sombrío, con calles sucias donde la luz apenas logra filtrarse entre los edificios y las grandes estructuras de metal oxidado.

Bueno, sigamos conociendo a Bruno. Bruno es de estatura media, con pelo corto, oscuro, aunque suele llevar una gorra de publicidad de la tienda en la que trabaja. Sus ojos son de un marrón cálido, que parecen reflejar esas inquietudes que tiene Bruno como viajar o montar su tiendecita de embutidos que es su sueño desde que era pequeño.

Bruno no sabe que después de esta noticia su vida y la de todos cambiarán por completo. La calle está sumergida en un profundo silencio, como si el tiempo se hubiera detenido.

Bruno, mientras miraba atónito las noticias, dijo: —No... esto no puede ser real—dijo entrecortado y asustado.

En medio del silencio el timbre del apartamento sonó. Bruno salta del susto. Se queda paralizado, en silencio. El timbre vuelve a sonar insistente seguido de un golpe a la puerta.

Al otro lado de la puerta: —¡Departamento de salud! ¡Apertura obligatoria!

Con manos temblorosas Bruno se dirige a la puerta y abre lentamente. En el rellano hay un equipo de tres sanitarios con mascarilla y guantes, van vestidos con un EPI color blanco con capucha, que la llevan puesta, uno sostiene un escáner térmico.

Sanitario 1: —Señor, es un chequeo rutinario. Nada de qué preocuparse. Solo tenemos que tomarle la temperatura y mirar la hidratación de las pupilas… —Bruno, todavía en shock —¿Esto es por lo de las noticias, verdad?

Sanitario 2, nervioso y apresurado: —Colabore, solo tomará un momento.

Bruno sale al rellano. En la calle la atmósfera es extraña, hay pocas personas, pero las sirenas de las ambulancias suenan a lo lejos. De repente un grito agudo rompe el silencio. Desde la esquina, un hombre corre hacia ellos, su piel es grisácea y sus ojos están inyectados en sangre. Se abalanza sobre uno de los sanitarios y le clava los dientes en el cuello. Un chorro de sangre salpica la pared.

Sanitario 3, incrédulo: —¡No, no, no!

El equipo sanitario entra en pánico. Uno saca una radio y grita órdenes mientras retrocede. El infectado arranca un pedazo de carne y lo mastica con furia.

Más figuras aparecen tambaleándose por la calle, personas huyen por todas partes.

Bruno, con voz temblorosa: —¿Qué… qué está pasando?

Los infectados empiezan a correr hacia ellos, el sanitario de la radio intenta reaccionar, pero un segundo infectado se abalanza sobre él y empieza a devorarlo.

Bruno no lo piensa más, se gira sobre sus talones y empieza a correr como si no hubiera mañana. La ciudad que estaba tranquila minutos antes se ha convertido en un infierno segundos después.

 

DOS DÍAS DESPUÉS

Bruno va caminando por la calle, la misma por donde siempre iba a trabajar, en el barrio El Hoyo de las Sombras. Bruno ha decidido ir a la tienda de conveniencia donde él trabajaba ya que allí hay comida y agua y podrá sobrevivir más días, pero cuando llegó su rostro se congeló con una expresión de desesperación, ya que la tienda donde llevaba trabajando desde los 19 años está completamente destruida, los cristales están rotos. El cartel luminoso con el nombre de la tienda parpadea con dificultad, aun así, Bruno se arma de valor y decide entrar, ya que esa es su última esperanza de sobrevivir. El lugar está oscuro. Estantes volteados, vidrios rotos. Bruno respira con dificultad.

Un clic metálico suena detrás de él, voz desconocida: —Muévete y te vuelo la cabeza.

Bruno levanta las manos, con el corazón latiéndole en los oídos, se gira lentamente, frente a él: Rafael, un hombre de aspecto rudo, con ropa sucia y una expresión fría. Apunta con una pistola a Bruno; este tartamudeando y muy nervioso por la situación: —No… no tengo nada.

Rafa, con voz uniforme y grave: —No me interesa lo que tengas, me interesa saber si estás infectado.

Bruno, que aún le cuesta asimilar la situación:

—No estoy infectado, lo juro.

Rafa, viendo que no es una amenaza, sino un papanatas en medio del apocalipsis zombi, baja el arma lentamente a la vez que su tenso rostro se relaja:

—¿Está bien, el nombre?

Bruno, que todavía se está preguntando cómo está vivo, se pone tan nervioso que no entiende esa pregunta tan simple y le contesta:

—¿Qué?

Rafa, incrédulo, porque no entiende esa pregunta, le dice sarcásticamente:

—¿Tienes nombre o quieres que te llame señor asustado?

Bruno, un poco más tranquilo, le dice:

—Bruno… mi nombre es Bruno.

Le dice, aun tartamudeando un poco.

Antes de que puedan seguir hablando, el cristal se empieza a llenar de manos de zombis ensangrentadas, los gruñidos de los zombis se oyen cada vez más cerca. Rafa se pone nervioso, no sabe cómo escapar, pero sí sabe que, como se queden un poco más, serán la cena de los zombis.

Bruno tiene un plan:

—¡Rafa! Yo era dependiente de esta tienda antes de todo esto, tengo las llaves de la furgoneta de reparto, está abajo en el parking.

Antes de que Rafa pueda decir nada, los infectados entran en la tienda echándose encima de ellos, así que no les queda otra que seguir a su instinto, correr por su vida hasta la furgoneta. Tras una persecución intensa consiguen llegar al parking y montarse en la furgoneta; pero, si creían que ya habían pasado lo peor, estaban muy equivocados, la puerta del parking estaba cerrada, necesitaban un mandito para abrirla, mandito que no tienen.

 

Rafa apresurado: — Busca en la guantera, en los cajones, tiene que haber un mandito.

 —¡No, no me lo puedo creer! ¡Mira, da igual, nos llevamos la puerta por delante y ya está! —Rafa un poco enfadado.

 —¡Estás loco! Fastidiaríamos el coche, además no movería la valla ni un pelo.

La horda de zombis se les ha echado encima, y si no actúan rápido serán devorados por esos caníbales hambrientos.

Rafa, desesperado: —No sé tú, pero yo no voy a echarme a morir, saltamos la valla y punto, es nuestra última oportunidad de sobrevivir.

Un instante antes de que Rafa decida salir, Bruno tan contento como si le hubiera tocado el Euromillón, le grita a Rafa: —¡Rafa, tengo el mando, corre, entra!

Una sonrisa se refleja en el rostro de Rafa, la puerta empieza a abrirse y pueden salir dejando atrás a la horda de zombis.

La furgoneta de reparto avanza a toda velocidad por la autopista. A los lados, restos de accidentes, cuerpos esparcidos y humo elevándose en la distancia.

Bruno sigue en shock, con la mirada perdida.

Rafa un poco más tranquilo, pero serio: —No podemos quedarnos en la carretera mucho tiempo, llega la noche y esos caníbales se vuelven más agresivos.

Bruno, curioso por esa información, le pregunta a Rafa:

—¿Cómo lo sabes?

Rafa le contesta con seriedad: —Porque llevo sobreviviendo más tiempo que tú.

De pronto, a lo lejos, un coche volcado bloquea dos carriles. Alrededor, varios infectados merodean.

Rafa le dice a Bruno: —Agarra algo, esto se va a poner feo.

El coche acelera. Uno de los infectados se gira y grita alertando a los demás.

En segundos, la horda de zombis se lanza hacia ellos.

Rafa maniobra bruscamente, esquivando cuerpos tambaleantes.

Pasa por un hueco estrecho entre el coche volcado y el quitamiedos, y rozando los lados. El coche derrapa y se estabiliza.

Bruno, respirando rápidamente: —¡Dios! ¡Casi nos matas!

Rafa, sin apartar la vista: —Casi nos matan ellos.

A lo lejos, un desvío indica la entrada a una carretera secundaria.

Rafa gira bruscamente y toma el desvío.

El coche se detiene frente a una gasolinera pequeña y desgastada. Los anuncios de precios están apagados, y las bombas de combustible parecen intactas.

La tienda de conveniencia tiene las ventanas rotas, pero las puertas siguen cerradas.

Rafa: —Aquí pasaremos la noche — dijo mientras revisaba de arriba abajo el local.

Bruno no está muy convencido de que esté libre de infectados, así que le pregunta a Rafa:

—¿Cómo sabes que no está lleno de… esas cosas?

Rafa no está muy convencido, pero no les queda otra, así que le dice a Bruno:

—No lo sé. Por eso vamos a averiguarlo.

Se bajan del coche con cautela. Rafa saca un machete de su mochila.

Bruno lo sigue, tragando saliva. Se acercan a la tienda de la gasolinera.

El interior está desordenado, pero sorprendentemente tranquilo. Algunos estantes volcados, un refrigerador abierto, un charco de café seco en el suelo. No hay señales de movimiento.

Rafa avanza con cautela.

Rafa, susurrando: —Si hay algo aquí, saldrá cuando cerremos la puerta.

Bruno traga saliva y asiente.

Cierra la puerta con cuidado y la atranca con un palo de escoba roto.

Ambos esperan en silencio, armas listas. Nada, solo el leve zumbido de una lámpara parpadeante.

Bruno, susurrando: —Parece despejado.

Rafa asiente y se acerca al mostrador. Encuentra botellas de agua y algunas barras energéticas. Tira una a Bruno.

Rafa le dice a Bruno insistiéndole: —Come algo.

Bruno atrapa la barra, aún tembloroso, pero la abre y le da un mordisco.

Bruno, por romper un poco el hielo, le pregunta a Rafa.

—¿Cuánto tiempo llevas en esto?

Rafa, serio y alerta, le contesta:

—Suficiente para saber que confiar en la gente es peligroso.

Bruno no duda en preguntarle:

—¿Por qué me dejaste entrar entonces?

Rafa lo observa un momento, pero no responde. En su rostro hay atisbo de algo... ¿duda tal vez?

Rafa, sin dar explicaciones de la pregunta de Bruno:

—Mañana seguimos.

El silencio los envuelve. Afuera, a lo lejos, los gritos de los infectados resuenan en la noche.

 

ÉREBOS_MORTIS

sábado, 31 de mayo de 2025

LA CRISÁLIDA

Hemos asistido a uno de los mejores fenómenos que la naturaleza nos puede brindar. Ha sido en clase, casi por casualidad, pero propiciado por esa curiosidad que por suerte acompaña a nuestro alumnado.

Una mariposa ha cobrado vida en nuestro laboratorio del instituto. Y es que han pasado casi 4 meses desde que en octubre algunas de nuestras alumnas observaran que algo raro estaba anclado a una papelera del hall, parecía una oruga, la trajeron al laboratorio y resultó ser una crisálida, de una mariposa “blanquita de la col” (Pieris rapae), en plena transformación. 

Nos ha acompañado en las clases, escuchándonos, ha oído las partes del sistema nervioso o los tipos de ojos en la naturaleza, y ha soportado algún que otro meneo, que seguro no la hacía sentir sola. Teníamos la esperanza de ver algún día salir de ahí una mariposa, renacida de su metamorfosis, con otra forma y una belleza infinita.

Y hoy alguien exclamó: - ¡Profe, la crisálida está abierta! -. 

El profe casi incrédulo, contestó: - ¿Seguro? 

-Sí, la mariposa ha salido, se ha ido, no está.

Pero la mariposa estaba allí a tan solo dos centímetros de su crisálida, quieta, impasible, como quien se ha perdido para siempre y no encuentra su sitio. 

La alegría inundó la clase. Se movía y aleteaba, la naturaleza cumplió su cometido.

La decisión estaba tomada, había que liberarla, dejarla volar, necesitaba hidratarse y nutrirse, después de tantos días, sorprende que estuviera viva. 

Y partió a observar el mundo tras su metamorfosis, se renovó, tras un tiempo de paciencia, adquirió nuevos superpoderes, ¡ahora puede volar!, su perspectiva del entorno ahora es totalmente distinta.

Y es que, el realismo de la naturaleza nos conecta a la vida, nos hace leer entre líneas. 

Nuestros alumnos y alumnas, siempre en continuo aprendizaje, están aún en esa crisálida que llamamos adolescencia, se están transformando, superando retos, alegrías y frustraciones, y, por supuesto, adquiriendo sus superpoderes, que son muchos. 

Observarán el mundo con otra perspectiva, con otros ojos. Y pronto, ya que el tiempo es relativo, como la mariposa blanca, volarán.

D.P.

Peligros de colgar fotos en redes sociales

 

En los últimos años, el uso de las redes sociales se ha generalizado. Son usadas por millones de personas en todo el mundo. Personas de distintas edades, de distinto nivel cultural y social o de distintos países. Son utilizadas por niños, adolescentes y adultos. En muchos casos se fotografía y se graba cada paso que se da, cada viaje, comida o salida con amigos o familiares. Parece que, si no se graba o fotografía y se sube a las redes sociales, no ha ocurrido y no se ha disfrutado de esa experiencia.

Pero el hecho de subir estas imágenes a las redes sociales, aunque parezca inofensivo, no lo es. Al contrario, puede suponer muchos más problemas de los que en un principio nos imaginamos. Una vez que una foto se sube a las redes sociales, se pierde el control sobre esa foto y se puede utilizar, por ejemplo, para hacer publicidad sin pedir permiso a la persona que aparece en la ella. También se vulnera la Ley de Protección de Datos, ya que las imágenes se consideran un dato. Además, a través de las fotos que se suben a las redes, se comparten datos como dónde vives, el colegio al que van unos niños o el lugar donde trabajas, y es peligroso pues no sabemos quién va a ver esas imágenes ni con qué finalidad.
En el caso de los niños, algunos padres utilizan vídeos o fotos de sus hijos para subirlas a redes sociales, como Instagram o TikTok, con el fin de conseguir más visualizaciones de sus vídeos e incluso dinero. Esto es muy peligroso porque nunca se sabe quién puede ver esas imágenes y qué usos puede darles. Estas imágenes pueden acabar convirtiéndose en contenido para adultos, pueden ser utilizadas con fines publicitarios sin consentimiento de los padres o del menor o pueden facilitar a otras personas conocer el lugar donde vive el menor o sus rutinas y podría suceder que lo utilicen con fines poco adecuados.
En definitiva, subir imágenes a las redes sociales es algo a lo que no se le da mucha importancia porque no parece nada peligroso, pero puede provocar muchos problemas.

Ana Cezón Gonzalo - 4ºB

viernes, 30 de mayo de 2025

¿Por qué vuelve el fascismo?


La razón por la que las ideas fascistas vuelven a estar en auge es que, ante las crisis capitalistas, se intentan implementar los valores tradicionales como un intento de proteger la propiedad privada y las ideas capitalistas.

Cuando nuestras condiciones materiales empeoran, sentimos una desprotección, necesitamos de algo a lo que aferrarnos, algo que nos haga sentir que pertenecemos a algo grande, este algo nos hace sentirnos más seguros y con una sensación de comunidad. Además, en mi opinión, es esta característica de los fascismos la que hace que gente joven simpatice con estas ideologías, ya que, al estar en una etapa en la que puede haber la sensación de que necesitamos pertenecer a algo, lo más fácil es caer en movimientos conservadores ya que no requiere de mucho pensamiento crítico que digamos, puesto que son las mismas ideas que se han predicado a lo largo de los años. Además es una postura que requiere de menos empatía y con carácter más individualista, es decir que, a la persona simpatizante de estas ideas, lo que no le afecte de manera directa no le importará: las personas que sufran de un problema ajeno a lo que predica, por muy grave que sea, no tendrán importancia. Por esto, a mi parecer, es la postura más cómoda de todas.

Otro problema de estas ideologías es la fragmentación de la clase obrera: una gran parte de esta simpatiza con estas ideas, que son racistas, ultranacionalistas, y que promueven el odio hacia las minorías. Creen -falsamente- que el fascismo les resolverá sus problemas, cuando el verdadero problema está e el propio sistema económico en el que se encuentran, y a menudo olvidan a qué clase pertenecen, ya que, aunque muchos piensan que sus aliados son los millonarios y oligarcas, esto se aleja mucho de la realidad, ya que ni Elon Musk ni Bill Gates son sus aliados, es más, no es nuevo que estos millonarios vean a la clase obrera como máquinas con las que poder hacerse más ricos mientras esta se pudre con sueldos mínimos y largas jornadas de trabajo. Sí son sus aliados las propias personas a las que esta ideología culpa de todos los males del mundo, como el inmigrante al que a menudo se deshumaniza por creer en los discursos de la gente que justamente oprime a la clase obrera. Los fascismos sin un enemigo al que atacar no serían nada, ya que, si no tienen a alguien al que culpar, tarde o temprano la gente se dará cuenta de dónde está el verdadero problema.

ASMAE BENNAY

martes, 28 de mayo de 2024

Sueños cultos

 


Marcaba el reloj analógico de la pared ya las cuatro en punto de la tarde. Un ambiente triste imperaba en el comedor. Magno Sofía sostenía su cabeza, que mostraba un semblante desazonado, con la mano izquierda. Era inaceptable todo cuanto narraba su buen amigo Justino Hurtado, cuya vida política había alcanzado su fatal desenlace. Un hombre honesto, cualificado y apto para aquello que perseguía altruistamente había sido forzado a abandonar las ambiciones que compartía con quienes lograban hallarse en la cúspide del éxito político.

- ¡Es vergonzoso! – exclamó Magno –. Era para ti, excelente político potencial, inapelable. Son demagogos codiciosos e inexpertos que alimentan la ignorancia popular quienes ascienden hasta la cima del poder o se aproximan a ella, no tú ni nadie semejante. Sus discursos rezuman embustes y en el interior de sus partidos se premia la cercanía al punto en que convergen la codicia, el carisma, la carencia de cualquier escrúpulo capaz de impedir obrar deleznablemente, la imagen y toda cualidad que conduzca a la maximización de votos y beneficios económicos. ¿O has extraído una conclusión diferente?

Justino, cariacontecido, suspiraba, atento a su eviterno amigo. Sus ojos reflejaban un remordimiento salpicado de resentimiento. Cada palabra que Magno enunciaba, pese a su nula experiencia política, constituía un mensaje de absoluta solidez. Sin embargo, durante sus años como militante, no solo fue testigo de conductas despreciables, sino que también había conocido gente de gran calidad humana. Magno siempre había reflexionado de una forma un tanto extremista, pero era admirable su carácter abierto y racional. En tono serio, aunque afable, respondió:

- No tienes fe, Magno, eres demasiado pesimista. Sí, la corrupción abunda y muchos se alzan con ella, pero la gente y sus agrupaciones cambian. Yo, aun con un historial de gratas experiencias, he fracasado, pero he tratado de contribuir a la mejoría del panorama, y es necesario que otros persigan el mismo fin para propiciar un cambio, que no será posible si no se intenta. Además, no todo el mundo choca con un lastre letal como esa lacra de Corona, que ha provocado mi expulsión y la de muchos otros compañeros del partido a los que ha envuelto en problemas legales culpándolos de provocados causados por él.

Magno no fue sorprendido en absoluto por la respuesta. Nadie identificaba la raíz de los problemas. Se le solía calificar de extremista por su criterio, dado el carácter abrumadoramente analítico del mismo. Sus argumentos solían partir de la metafísica, la ciencia, la historia o cualquier origen comprendido gracias a la profundización en una regresión de causas de las adversidades contemporáneas, mas muchos de sus receptores, presas del desconcierto, preferían la enmienda tardía en lugar de la prevención, excepto    cuando era ya demasiado tarde. No se hallaba ante una excepción. Se dispuso, sin dificultad, a pronunciar su contestación, pero se le adelantó su esposa:

- Corona – enunció Aurora Minerva, sin perder la compostura, en un tono que denotaba con meridiana claridad la animadversión profesada al sujeto –, Cardo Corona… Nunca lo he soportado, ni con catorce años ni hoy, tras casi tres décadas.

- Siempre hemos escuchado cada palabra tuya sobre él y sus heroicas hazañas – respondió Justino, con sarcasmo –. Te comprendemos, y yo el primero. Era el mismo imán de conflictos que hoy, ¿verdad? Y, para colmo, cualquier día lo veremos en la televisión otra vez. Considerando su forma de complacer a sus superiores, apoyando sus actos incondicionalmente y asistiendo a todas las asambleas y manifestaciones que le convienen, dudo que falte mucho.

- Un soez, un embustero, un petulante, un vanidoso, un ignorante, un perezoso, un interesado, un mujeriego egoísta… pero astuto: siempre lograba escabullirse; lanzaba la piedra, escondía la mano y lograba lo que ansiaba. Si le convenía, se aprovechaba de la inocencia de otros, como yo y más compañeros, compañeras en especial. Para incrementar sus calificaciones, trataba de parecerles lo que no era a los profesores, a quienes bañaba en injurias en su ausencia.

- Y de ese modo – intervino Magno, con voz pausada, alternando entre Aurora y Justino la dirección de su mirada –, priorizando sus intereses y valiéndose de subterfugios y lisonjas, es como Corona y sus semejantes atraviesan los filtros políticos que han supuesto una barrera para ti. No obstante, su triunfo no es la enfermedad, sino el síntoma, síntoma de la necedad inherente a la especie humana.

- Ya tardabas – pronunció Justino, clavando sus pupilas en las de su Magno –. Te rindes antes de comenzar. Partiendo así, por supuesto que está todo perdido. “La necedad inherente a la especie humana”. Nunca lograré comprender ese pesimismo constante tuyo según el que la buena voluntad lleva al fracaso. Es posible cambiar esto, ¿o no existen países con políticos competentes, o al menos más que los españoles?

- ¿Cambiar esto? No así. No aprendemos de la historia, con independencia de cuánto propugnemos los profesores, si lo hacemos, la valoración popular óptima y la aplicación de su estudio. Todo cuanto sucede hoy en las instituciones que nos gobiernan ha sucedido, difiriendo en meros matices, durante cada breve o larga era. Observad a los jóvenes: atienden a tendencias efímeras que olvidan tras su reemplazo sucesivamente. ¿Cómo valorarían entonces episodios tan pretéritos como aquellos de que los informamos y jamás aprenderán empíricamente?

- ¿Tampoco confías en la juventud? Tiene todo el potencial necesario para relevarnos, o más incluso. ¿Cuál es su problema? 

- El mismo, con nimias diferencias, que azota a cada generación: la insuficiencia del uso de la razón que poseen en su juventud cultiva la semilla regada durante el resto de su vida, floreciendo así la obstinación, que contrasta con las alteraciones constantes de nuestro entorno. Corona es un sujeto idóneo para su lograr su fin: su estatura supera el         promedio, su rostro es simétrico, su voz suena grave, su complexión cumple con los estándares populares de belleza y su ingenio y voluntad son aptos para ello, aunque esconda tras toda una mezquindad que no puede disimularse a la perfección. Los votantes, pasionales y concupiscibles, no analizan las propuestas de aquellos a quienes pretenden entregar el poder, sino que permanecen susceptibles de la manipulación que los domina mediante discursos populistas e imágenes satisfactorias. Si ellos no buscan el verdadero conocimiento, naturalmente, tampoco sus representantes. Y Corona es un simple megalómano ignorante y vanaglorioso, solo buscó sus títulos, al igual que la desafortunada mayoría del alumnado, ¿no es así, querida?

- Sus títulos y mucho más – añadió Aurora, ligeramente intranquila por la saturación que exhibía el rostro de Justino –, pero no estudiaba motivado por aprender, eso saltaba a la vista. Al menos así era cuando coincidía conmigo. Afortunadamente, él siguió el camino de la política y yo preferí el del arte.

- Bien – respondió Justino a Magno –. ¿Qué propones? ¿Debemos permanecer encerrados por nuestra autopercepción? ¿Ni siquiera somos capaces de mejorar ligeramente la sociedad y la política que nosotros mismos hemos construido? ¿No somos flexibles en absoluto?

- Por supuesto que sí, mas no fueron los políticos quienes integraban aquel colectivo al que Mandela debió convencer para propiciar un cambio social ni la copa de un árbol lo que debe cercenarse para impedir su crecimiento o deshacerse de él por completo. Jamás huiremos de la necedad intrínseca que tanto lamento, pero, si podemos mejorar desde nuestra cotidianidad hasta la política, la clave radica en la mentalidad popular y no en lo que la misma ya ha designado.

- A veces no comprendo – dijo Justino entre suspiros – por qué impartes Historia y no Filosofía, teniendo también dicha carrera.

- ¿Impartir Filosofía sin filosofar ni estimular el pensamiento crítico? En la educación española prima hegemónicamente el aprendizaje memorístico – pronunció Magno, comunicando mediante sus gestos, tono y expresión la seguridad con que enunciaba su respuesta –. Prefiero instruir en una rama del saber a cuyo método didáctico óptimo puedo aproximarme.

Justino se disponía a prolongar la amistosa discusión. No obstante, puesto que hubieron comido antes de la conversación, llegó Ángela, su esposa, sosteniendo una bandeja con cuatro cafés humeantes.

El frío silencio contrastaba con el calor y el vapor que desprendía el café. Ángela sostenía su taza y bebía pequeños pero frecuentes tragos. Magno, Aurora y Justino, meditabundos, reflexionaban acerca de las palabras que habían intercambiado recientemente. Aunque las discordaban, la comprensión y la empatía eran recíprocas, pese a cuánto le costaba a Justino creer que la complejidad de los argumentos de Magno no disimulase una vulneración discreta de alguna ley lógica. Ángela observaba a su marido y a sus amigos, siéndole suscitada una curiosidad que la condujo a comentar:

    - Qué callados estáis.

    - Es el café – respondió Justino –. Je, je.

    - Y las conversaciones – añadió Aurora –, que aportan mucho que pensar.

    - Ja, ja, ja – rio Ángela, de forma apagada y en voz baja –. No esperaba nada muy diferente.

Durante una hora aproximadamente, se sucedieron diálogos acerca de temas baladíes y otros ya abordados aquel día. Tras todos ellos, Magno y Aurora debían abandonar el domicilio de sus amigos. En una calurosa despedida, Magno incitó a Justino a apostar por el pensamiento positivo, a fijarse en sus más destacables virtudes y a no culparse del fracaso económico en que había derivado, mientras su receptor, con viva gratitud, reconsideraba el pesimismo constante que le había atribuido a quien estaba evidenciando fehacientemente lo contrario. Lo observaba fijamente sin saber con exactitud qué decir.

Magno debía acudir a la universidad donde trabajaba para investigar en un proyecto del que era voluntario. En marcha, dentro de su automóvil, conversaron en busca de algún modo de ayudar a Justino y a Ángela, pero el resultado no fue más que un sentimiento de impotencia.

Cernida la noche y concluida su labor, Magno abandonó el centro y Aurora lo esperaba ya sentada para conducir. A la salida, vio a uno de sus alumnos habituales junto a otro muchacho. Los jóvenes permanecían inmóviles, sentados en un banco y sosteniendo sus teléfonos móviles como si sus ojos necesitasen visualizar la pantalla incesantemente para salvaguardar su salud. Junto a ellos, había una mujer de unos ochenta años de edad que los miraba dubitativa y con cierta preocupación. Antes de marcharse, decidió saludarlo:

    - Buenas tardes, Carlos.

Tras un par de segundos, el joven alzó la cabeza con una mirada estólida, aún en la transición psíquica del mundo virtual al tangible. El docente, tan acostumbrado a la adicción popular como aterrado por la misma, lo miraba con expresión paciente e insatisfecha.

    - Ah, hola, profe, ¿qué tal?

    - Bien, sin ningún vicio que me lastre. ¿Y tú?

La anciana reía. Concordaba con el profesor en lo referido al comportamiento estúpido de los muchachos.

    - Todo bien – respondió Carlos, echando otro vistazo momentáneo a la pantalla –.

    - ¿Estás preparado para el examen del jueves?

    - Pfff… Pues más o menos. Entre el Pedro I, el Alfonso VI, que si los moros, que si los cristianos, las guerras, las batallas… Qué tostón. A ver si me lo quito ya de encima, apruebo y me lo quito.

    - Ja, ja – rio Magno, en un tono irónico y con el fin exclusivo de no expresarse de forma más desagradable –. Qué pasión te mueve por lo que estudias, por lo que escogiste voluntariamente entre la inmensa diversidad de opciones.

    - Profe, sí me gusta la historia, pero este temario es un tostón y casi que me lo quitaría si pudiera. Me hago un lío… No me acuerdo ahora ni de cómo llamaban al Pedro I.

    - ¡El Cruel! – intervino la señora.

    - Eso, abuela, es verdad – dijo el alumno, mientras Magno lanzaba una mirada alegre a la fémina –. Joder, sabes más que yo estudiando…

    - Es usted Magno, ¿verdad? – continuó la abuela de Carlos –.

    - Correcto, señora. Encantado de conocerla.

    - El placer es mío, señor. Mi nieto me ha hablado muy bien de usted. 

    - Me alegra que estés satisfecho conmigo, Carlos, aunque no disfrutes tanto del temario…

    - Pero eres el que explica mejor – respondió el joven –. Los otros profesores solo leen una presentación como si fueran alumnos exponiendo. Además, tú te preocupas por nosotros.

    - Ya ves – dijo el otro muchacho, a cuyo teléfono se le había terminado justo entonces la batería –. Es que… Pfff… Lo que hay que empollar y aguantar para cobrar bien en unos años.

Magno Sofía frunció el ceño ligeramente y separó los labios para hablar, cuando la abuela dijo:

    - Qué chicos. ¡Pues ya me habría gustado a mí poder estudiar con vuestra edad! Sin embargo, lo único que podía hacer era trabajar para no pasar aún más hambre. Además, poco me faltaba para parir a tu padre. Y vosotros os quejáis.

    - Carlos, tu abuela sabe lo que dice, escuchadla – recomendó el docente –. No valoráis vuestro privilegio. Estoy convencido de que escasean quienes enfocan nuestro día a día del mismo modo que ella.

Ambos muchachos permanecían en un silencio incómodo cuya salida no encontraron por sí solos. Creyendo evadirse eficazmente de la realidad, como siempre ocurría, huyeron observando de nuevo las pantallas de sus teléfonos, pese al agotamiento de la batería de uno de ellos, cuyo dueño lo miró igualmente, pues lo hacía de forma empedernida. La gran afinidad entre Magno y la anciana, quienes disfrutaron del diálogo y del silencio, fue la más clara conclusión extraída de la conversación, que debía finalizar.

    - Lamento la brevedad del encuentro – se disculpó Magno –, pero debo marcharme.

    - Entiendo, profesor – contestó la abuela –. ¡Uy! Dónde están mis modales. Me llamo María Adelaida. No me había presentado.

    - Ha sido un placer, señora. Extraviaremos invaluables riquezas cuando la sabiduría de su generación cese de cuidarnos. Carlos, hasta pronto. 

    - Cuídate, profe – respondió el joven, levantando la cabeza –. Y no quiero decepcionarte, no creas que no tengo ningún interés.

    - Ja, ja, ja. Confío en que no me decepcionarás: eres muy joven y de gran potencial.

Tras despedirse solo de su alumno y de la anciana, dado que el amigo de Carlos ni siquiera se dignó a presentarse ni a dirigirle una sola palabra, sino que se había limitado a intervenir brevemente empleando un lenguaje coloquial como siendo únicamente los dos estudiantes quienes nutrían el diálogo, Magno entró en su pequeño automóvil para abandonar la descomunal urbe de Madrid, tras todo un día allí, y dirigirse finalmente al parvo pueblo donde residía junto a su esposa.

Terminando la cena, Aurora percibía ensimismado a su marido. Se sentían saturados y habían conversado poco durante el trayecto: siempre habían rechazado la idea de distraer a un conductor.

    - Y… ¿cómo ha ido? – preguntó la mujer, con el interés y la atención que la caracterizaban –. ¿Algún nuevo avance importante?

Magno negó con un lento movimiento de cabeza y, seguidamente, casi susurrando, pronunció:

    - Se cancela el proyecto.

    - ¡¿Cómo?! ¿Por qué? ¿No disponéis de medios suficientes? ¿No hay bastante gente?

    - No hay interés.

    - ¿Que no hay interés?

    - ¡No hay interés en descubrir nada, solo ánimo de lucro! Ha sido la colisión de intereses la muerte de toda la investigación. Hoy ni siquiera se ha hablado de arqueología. Se ha negociado. Nada más.

Aurora miraba fijamente a su cónyuge, cabizbajo. Solo anhelaba verle una sonrisa y el estado sosegado y feliz que frecuentaba. Agarró su mano mientras meditaba qué responder. Sentía una impotencia similar a la que le producía la coyuntura de Justino y Ángela. El día había sido un cúmulo de decepciones críticas.

    - Es patético – declaró ella, concordando sinceramente con el pensamiento de Magno –. Así progresa la sociedad.

    - Y siempre así. Es solo nuestro dinero el aporte que nos precisan. Nuestro sucio dinero, querida, nuestro poder adquisitivo, nuestro poder para acaparar bienes y consumir servicios. Un simple medio de cambio y cobro es lo que se ha designado como regidor universal. Nuestro dinero y, casi me olvido, también nuestro tiempo y nuestro control.

    - Nos seguiremos teniendo el uno al otro – dijo Aurora, con el fin de consolar a su marido –, y a más gente con quien congeniar y por quien esforzarnos.

    - Por supuesto. Y, si hoy ninguna lágrima se halla forzada a salir de mí, es debido a quienes mencionas. La educación doméstica y académica hoy, no obstante, se niega a conservar a esas personas. El atisbo de esperanza que representan se disipa paulatinamente, como un rayo de luz solar que desaparece eclipsado por las nubes oscuras anunciantes de una tormenta devastadora.

El silencio se cernió sobre la pareja. Los ojos de Aurora comenzaron a brillar. Magno la abrazó y ella besó su mejilla.

                                                                    Álvaro Galán Dávila – 2º de Bachillerato 

                                               Primer premio. Concurso de Relato Corto 2023/2024

                                                                                          IES VALLE DEL HENARES